lunes, 4 de abril de 2011

Veredicto: culpable

Sí, su sonrisa. Esa que, con sólo verla, provoca la aparición de la mía. Siempre. Esa que hace que pueda estar contemplándola horas y horas sin cansarme, porque es tan preciosa que nunca existirá otra igual de perfecta. Nunca unos dientes brillarán tanto, nunca unos labios serán igual de apetecibles y nunca una sonrisa quedará tan bien en una cara que no sea la suya. De esa boca sólo puede salir la voz más agradable con la que un oído es capaz de deleitarse. Me sentaría tranquilamente en una roca, en la última roca que hubiera en el más remoto de los desiertos, a escucharle hablar. Él podría convencerte de todo lo que antes creías falso. Él te convencería de que la Tierra es plana, de que 4+4 son 19, o de que las ranas vuelan. En serio. Por eso le pido, hoy, que sonría. Que sonría sin cesar. Porque, si yo sé que sonríe, aunque no tenga la oportunidad de verle, sonreiré también. Porque, puede que suene a tópico, pero, sólo me hace falta saber que él es feliz, para serlo yo también.

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